{"id":958,"date":"2026-06-29T18:54:41","date_gmt":"2026-06-29T23:54:41","guid":{"rendered":"https:\/\/modoreportero.arequipa.site\/?p=958"},"modified":"2026-07-06T10:13:23","modified_gmt":"2026-07-06T15:13:23","slug":"cuando-la-desesperanza-duerme-en-el-suelo-de-arequipa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/modoreportero.arequipa.site\/index.php\/2026\/06\/29\/cuando-la-desesperanza-duerme-en-el-suelo-de-arequipa\/","title":{"rendered":"Cuando la desesperanza duerme en el suelo de Arequipa"},"content":{"rendered":"\n<p>Estamos contribuyendo a la normalizaci\u00f3n del sufrimiento ajeno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\">Por: Mirko Grandez (15)<\/p>\n\n\n\n<p>Las luces de la Catedral se apagan, las familias van a sus casas, las tiendas se van cerrando y el \u00faltimo movimiento del d\u00eda comienza a extinguirse lentamente. Para la mayor\u00eda de nosotros, la noche representa descanso. Significa volver a un lugar seguro, acost\u00e1ndose sabiendo que ma\u00f1ana ser\u00e1 un nuevo d\u00eda con oportunidades y quiz\u00e1s algo distinto a la rutina.<\/p>\n\n\n\n<p>Como muchos de los que viven en esta ciudad, tenemos la fortuna de contar con una familia, un hogar y oportunidades. Probablemente mi mayor preocupaci\u00f3n haya sido un examen, una competencia o las decisiones que tomar\u00e9 en mi futuro. Son problemas reales, pero yo lo vivo desde un lugar privilegiado porque tengo la certeza de tener un techo donde dormir. Sin embargo, mientras nosotros cerramos nuestras puertas, otra realidad inicia.<\/p>\n\n\n\n<p>A pocas cuadras de nuestra casa, en las mismas calles por las que pasamos diariamente, hay personas que viven en la incertidumbre. La noche del pobre es estar en una banca, una esquina o en una pared de sillar que no lo protege de los golpes constantes del viento. Su noche es mirar c\u00f3mo el mundo pasa sin detenerse a mirarlo. Vive con hambre, s\u00ed, pero tambi\u00e9n con una espada en el coraz\u00f3n: el abandono, que no es la \u00fanica pobreza y dolor que existe, sino un dolor invisible, la indiferencia del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Tengo la certeza de que absolutamente todos nosotros hemos llegado a pasar al lado de una persona en situaci\u00f3n de calle y probablemente aceleramos el paso. Y aunque no lo reconozcamos, contribuimos a una realidad inquietante: la normalizaci\u00f3n del sufrimiento ajeno.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos hemos acostumbrado a ver personas durmiendo en las calles, a ver rostros cansados por las plazas, a que alguien nos extienda la mano en busca de ayuda y no reciba ni siquiera una mirada de compasi\u00f3n. Pero reducirlo a un acto de caridad ser\u00eda un error; es una tijera que corta la venda de los ojos y nos obliga a ver aquello que normalmente pasa desapercibido.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s ese sea uno de los problemas m\u00e1s grandes: cuanto m\u00e1s lejos est\u00e1 una realidad de nuestra vida, m\u00e1s f\u00e1cil resulta fingir que no existe. Nos duele aquello que vemos, pero olvidamos lo que permanece fuera de nuestra mirada.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras discutimos nuestros planes para el futuro, hay familias que a\u00fan se preguntan c\u00f3mo enfrentar\u00e1n el d\u00eda siguiente. Mientras celebramos el crecimiento de la ciudad, existen personas para quienes el \u201cdesarrollo\u201d nunca lleg\u00f3. Hay ni\u00f1os que estudian con dificultades, hogares donde el agua sigue siendo un privilegio y personas que enfrentan enfermedades sin atenci\u00f3n adecuada. Es imposible no preguntarse c\u00f3mo una misma regi\u00f3n puede contener realidades tan distintas.<\/p>\n\n\n\n<p>Las autoridades tienen una responsabilidad evidente. Los gobiernos locales, regionales y nacionales cuentan con el deber de proteger a las poblaciones m\u00e1s vulnerables y generar oportunidades reales para quienes viven atrapados en el c\u00edrculo de la pobreza. Existen programas sociales, esfuerzos institucionales y personas comprometidas con esta labor.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, cuando todav\u00eda encontramos personas durmiendo en las calles o comunidades enteras esperando condiciones dignas para vivir, la pregunta sigue siendo inevitable: \u00bfnosotros estamos haciendo lo suficiente? \u00bfO solo estamos esperando que nos vuelvan a vendar los ojos?<\/p>\n\n\n\n<p>La indiferencia tambi\u00e9n tiene rostro, y muchas veces se parece al nuestro. Somos nosotros quienes aprendimos a seguir caminando sin observar el entorno. Somos nosotros quienes bajamos la cabeza para evitar una mirada ajena, quienes hemos convertido el sufrimiento de otros en parte del paisaje urbano.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso fue lo m\u00e1s duro que aprend\u00ed durante Compartiendo el Pan, una actividad impulsada por el colegio San Jos\u00e9. Parece sencillo: estudiantes que van al centro a compartir un poco de su tiempo para ayudar a los necesitados. Pero no fue el fr\u00edo de la noche arequipe\u00f1a, el viento cortante golpeando las calles vac\u00edas, ver una banca convertida en cama o una vereda en refugio; lo m\u00e1s duro fue comprender que esas personas no estaban all\u00ed porque la sociedad no las hubiera visto, sino porque las hab\u00eda visto tantas veces que termin\u00f3 acostumbr\u00e1ndose a su presencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso Compartiendo el Pan no consiste \u00fanicamente en entregar un alimento. Consiste en devolver por un instante aquello que la pobreza suele arrebatar primero: el reconocimiento de la propia dignidad. El pan calma el hambre por unas horas, pero sentirse tratado como una persona puede alimentar la esperanza durante m\u00e1s tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al regresar a casa entend\u00ed que la experiencia no pretend\u00eda cambiar \u00fanicamente la realidad de quienes recib\u00edan ayuda, tambi\u00e9n buscaba transformar la nuestra, porque la verdadera pregunta no es cu\u00e1ntas personas carecen de recursos, sino cu\u00e1ntas veces hemos pasado junto a ellas sin detenernos a reconocerlas como seres humanos.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s la pobreza m\u00e1s peligrosa no sea la falta de dinero, la ausencia de un techo, ni siquiera el hambre; tal vez sea aquella que nos vuelve incapaces de conmovernos ante el dolor ajeno. Y si eso ocurre, entonces el pobre no es \u00fanicamente quien duerme en la calle bajo el viento helado de la noche; tambi\u00e9n es quien, teniendo todo para ayudar, ha perdido la capacidad de mirar al otro y reconocerlo como su igual.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Estamos contribuyendo a la normalizaci\u00f3n del sufrimiento ajeno. Por: Mirko Grandez (15) Las luces de la Catedral se apagan, las familias van a sus casas, las tiendas se van cerrando y el \u00faltimo movimiento del d\u00eda comienza a extinguirse lentamente. Para la mayor\u00eda de nosotros, la noche representa descanso. Significa volver a un lugar seguro, acost\u00e1ndose sabiendo que ma\u00f1ana ser\u00e1 un nuevo d\u00eda con oportunidades y quiz\u00e1s algo distinto a la rutina. Como muchos de los que viven en esta ciudad, tenemos la fortuna de contar con una familia, un hogar y oportunidades. Probablemente mi mayor preocupaci\u00f3n haya sido un examen, una competencia o las decisiones que tomar\u00e9 en mi futuro. Son problemas reales, pero yo lo vivo desde un lugar privilegiado porque tengo la certeza de tener un techo donde dormir. Sin embargo, mientras nosotros cerramos nuestras puertas, otra realidad inicia. A pocas cuadras de nuestra casa, en las mismas calles por las que pasamos diariamente, hay personas que viven en la incertidumbre. La noche del pobre es estar en una banca, una esquina o en una pared de sillar que no lo protege de los golpes constantes del viento. Su noche es mirar c\u00f3mo el mundo pasa sin detenerse a mirarlo. Vive con hambre, s\u00ed, pero tambi\u00e9n con una espada en el coraz\u00f3n: el abandono, que no es la \u00fanica pobreza y dolor que existe, sino un dolor invisible, la indiferencia del mundo. Tengo la certeza de que absolutamente todos nosotros hemos llegado a pasar al lado de una persona en situaci\u00f3n de calle y probablemente aceleramos el paso. Y aunque no lo reconozcamos, contribuimos a una realidad inquietante: la normalizaci\u00f3n del sufrimiento ajeno. Nos hemos acostumbrado a ver personas durmiendo en las calles, a ver rostros cansados por las plazas, a que alguien nos extienda la mano en busca de ayuda y no reciba ni siquiera una mirada de compasi\u00f3n. Pero reducirlo a un acto de caridad ser\u00eda un error; es una tijera que corta la venda de los ojos y nos obliga a ver aquello que normalmente pasa desapercibido. Quiz\u00e1s ese sea uno de los problemas m\u00e1s grandes: cuanto m\u00e1s lejos est\u00e1 una realidad de nuestra vida, m\u00e1s f\u00e1cil resulta fingir que no existe. Nos duele aquello que vemos, pero olvidamos lo que permanece fuera de nuestra mirada. Mientras discutimos nuestros planes para el futuro, hay familias que a\u00fan se preguntan c\u00f3mo enfrentar\u00e1n el d\u00eda siguiente. Mientras celebramos el crecimiento de la ciudad, existen personas para quienes el \u201cdesarrollo\u201d nunca lleg\u00f3. Hay ni\u00f1os que estudian con dificultades, hogares donde el agua sigue siendo un privilegio y personas que enfrentan enfermedades sin atenci\u00f3n adecuada. Es imposible no preguntarse c\u00f3mo una misma regi\u00f3n puede contener realidades tan distintas. Las autoridades tienen una responsabilidad evidente. Los gobiernos locales, regionales y nacionales cuentan con el deber de proteger a las poblaciones m\u00e1s vulnerables y generar oportunidades reales para quienes viven atrapados en el c\u00edrculo de la pobreza. Existen programas sociales, esfuerzos institucionales y personas comprometidas con esta labor. Sin embargo, cuando todav\u00eda encontramos personas durmiendo en las calles o comunidades enteras esperando condiciones dignas para vivir, la pregunta sigue siendo inevitable: \u00bfnosotros estamos haciendo lo suficiente? \u00bfO solo estamos esperando que nos vuelvan a vendar los ojos? La indiferencia tambi\u00e9n tiene rostro, y muchas veces se parece al nuestro. Somos nosotros quienes aprendimos a seguir caminando sin observar el entorno. Somos nosotros quienes bajamos la cabeza para evitar una mirada ajena, quienes hemos convertido el sufrimiento de otros en parte del paisaje urbano. Eso fue lo m\u00e1s duro que aprend\u00ed durante Compartiendo el Pan, una actividad impulsada por el colegio San Jos\u00e9. Parece sencillo: estudiantes que van al centro a compartir un poco de su tiempo para ayudar a los necesitados. Pero no fue el fr\u00edo de la noche arequipe\u00f1a, el viento cortante golpeando las calles vac\u00edas, ver una banca convertida en cama o una vereda en refugio; lo m\u00e1s duro fue comprender que esas personas no estaban all\u00ed porque la sociedad no las hubiera visto, sino porque las hab\u00eda visto tantas veces que termin\u00f3 acostumbr\u00e1ndose a su presencia. Por eso Compartiendo el Pan no consiste \u00fanicamente en entregar un alimento. Consiste en devolver por un instante aquello que la pobreza suele arrebatar primero: el reconocimiento de la propia dignidad. El pan calma el hambre por unas horas, pero sentirse tratado como una persona puede alimentar la esperanza durante m\u00e1s tiempo. Al regresar a casa entend\u00ed que la experiencia no pretend\u00eda cambiar \u00fanicamente la realidad de quienes recib\u00edan ayuda, tambi\u00e9n buscaba transformar la nuestra, porque la verdadera pregunta no es cu\u00e1ntas personas carecen de recursos, sino cu\u00e1ntas veces hemos pasado junto a ellas sin detenernos a reconocerlas como seres humanos. Quiz\u00e1s la pobreza m\u00e1s peligrosa no sea la falta de dinero, la ausencia de un techo, ni siquiera el hambre; tal vez sea aquella que nos vuelve incapaces de conmovernos ante el dolor ajeno. 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