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«LOS DERECHOS QUE HOY GOZAMOS NO ESTÁN DISPONIBLES PARA TODAS’’

Mientras nosotras hablamos, estudiamos y decidimos, en Afganistán la voz femenina es un fantasma


Por: Yanela Torres Apaza (15)


Despertar un día y descubrir que no puedes hablar libremente, mostrar tu rostro ni acceder a una educación equitativa; que alguien más decida cada aspecto de tu vida, hasta anular tu libertad física, social y psicológica. Esto sucede en Afganistán. Para nosotras, hablar, reír o expresarnos es tan cotidiano que a menudo desvalorizamos estos derechos; sin embargo, en un lugar no tan lejano, muchas mujeres los ven severamente limitados.

Mientras tanto, en Estados Unidos hay quienes promueven que la mujer pierda el voto, cuando las mujeres tuvieron que luchar tantos años solo para conseguir el derecho al sufragio; y sin contar cuántos años lucharon por ser reconocidas como personas individuales e independientes de un hombre.

Las mujeres afganas enfrentan hoy enormes dificultades para relacionarse con su entorno. Actividades que para nosotras son completamente normales constituyen allí delitos penados: se les restringe transitar y participar en espacios públicos como parques, instituciones y centros públicos, y no se les permite decidir su vestimenta, pues están obligadas a usar burka o chador, prendas que ocultan cualquier rasgo de su rostro. Esta situación ha sido denominada apartheid de género: un sistema de persecución por motivos de género orientado a borrar por completo la presencia femenina.

Se sustenta en más de 160 normas y decretos legales del liderazgo talibán que restringen específicamente los derechos de las mujeres y niñas. Así, ellas no pueden decidir por sí mismas, sino que quedan bajo el poder legal y moral de un hombre ajeno a sus pensamientos, sentimientos y deseos. Las mujeres afganas tienen prohibido el ingreso a escuelas secundarias y universidades, lo que limita su educación a la culminación de la primaria: no pueden titularse ni ejercer una profesión. Los libros escritos por mujeres son excluidos de librerías y bibliotecas universitarias, con independencia de su materia, origen o tema. Además, se les niega trabajar en la ONU u otras instituciones internacionales, y fueron excluidas del sector público.

Por si fuera poco, la ley de su país tipifica la voz femenina como awrah (un atributo íntimo y debe ser ocultado), de esta manera, se les impide hablar en voz alta, cantar, reír y leer en lugares públicos. En el ámbito de la salud, la escasez de personal médico femenino ha generado graves consecuencias, ya que en muchos casos las mujeres no pueden ser atendidas por médicos hombres, y no olvidemos que ellas tampoco pueden estudiar, lo que ha derivado en situaciones de riesgo para su vida.

Asimismo, el cierre de refugios para mujeres y el debilitamiento de mecanismos de protección contra la violencia doméstica han dejado a muchas sin acceso a ayuda institucional. Incluso existe una legislación que permite la violencia contra las mujeres bajo ciertos «límites». ¿Es acaso esto posible? No podemos permitir que se vulneren nuestros derechos hasta el punto de agredir nuestra integridad física y moral. En contraste, en el Perú los derechos fundamentales han evolucionado notablemente y se han reivindicado los derechos de las mujeres: hoy contamos con el derecho al voto y a la elección, a decidir de manera autónoma, a expresar nuestras ideas y sentimientos, a acceder al campo laboral, a la equidad de oportunidades y a la realización de nuestros anhelos.

Por ello, es crucial que, como sociedad, valoremos estos derechos con independencia de nuestro género, los disfrutemos y, sobre todo, sepamos cuidarlos. Insto a ser conscientes de los derechos que ejercemos a diario y a no olvidar que, en un lugar no tan lejano, existe una realidad opresiva. Recordemos a estas mujeres que padecen y agonizan por sus derechos. Aprovechemos y gocemos de los nuestros, pero sin olvidar su significado ni las responsabilidades que conllevan.

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