¿Qué pasaría si mañana una ley nos prohíbe estudiar lo que
nos apasiona?
Por: Alejandra Cayllahua (13)
Hace poco se habló mucho del examen PISA en el colegio, pero
a mí me dejó pensando en algo diferente. Cuando el sistema educativo y los medios
de educación debaten sobre estas evaluaciones internacionales, casi siempre se
concentran en estadísticas frías, en los rankings de los países y en los
porcentajes de rendimiento en comprensión lectora o ciencias. Sin embargo,
detrás de esas cifras se esconde una realidad mucho más humana que rara vez se
analiza: la capacidad de los jóvenes para procesar la realidad de manera
independiente. En el curso de D.P.C.C (Desarrollo Personal Ciudadanía y Cívica)
siempre nos explican que el gobierno es el que manda, el que hace las leyes y
organiza el país. Eso suena muy formal, pero otro día nos pusimos a discutir
con el profesor y saltó una pregunta increíble: ¿De verdad el gobierno puede
mandar sobre lo que pensamos?
Para entenderlo mejor, pusimos un ejemplo bastante loco.
Imaginemos que mañana el Estado saca un decreto que dice: «A partir de
este momento quedan prohibidas las matemáticas en todo el país, nadie puede
enseñarlas ni en los colegios particulares». Como ellos tienen el poder,
técnicamente pueden hacerlo en los papeles, cambiar los horarios y quitar los
pizarrrones. En teoría, las matemáticas desaparecerían.
Sin embargo, esta supuesta desaparición es únicamente una
ilusión que solo existe en los papeles firmados por gobernantes, puesto que el
conocimiento real se adquiere mediante el esfuerzo y la asimilación del propio
individuo, transformándolo en parte de su identidad; por ello, lo verdaderamente
valioso de este escenario es lo que ocurre con la mente humana. El gobierno
puede controlar las reglas, pero jamás va a mandar en tu cabeza.
Aunque saquen esa ley absurda, tú tienes tu libro de
matemáticas guardado en tu mochila. En tu corazón tienes la confianza de que
los números siguen ahí y vas a seguir aprendiendo por tu cuenta, con el permiso
del gobierno o sin él. Al final, las operaciones y la lógica son reales,
existen de verdad, y ningún político puede borrar eso por mucho que firme un
papel.
Esto nos enseña que ir a la secundaria no es solo venir a
sentarse y obedecer todo sin pensar. Al contrario, el colegio debe ser el lugar
donde aprendemos a despertar nuestra mente y a construir una opinión propia
sobre el mundo que nos rodea. Si la educación consistiera únicamente en seguir
órdenes en silencio, los salones de clase se convertirían en fábricas de
ciudadanos idénticos que no saben cuestionar si algo es justo o injusto. El
verdadero valor de pasar cinco años en la secundaria no está en memorizar datos
para aprobar un examen del momento, sino en aprender a formular preguntas
difíciles, debatir con respeto y entender que pensar diferente es un derecho
que todos tenemos.
La prueba PISA y las horas que pasamos en D.P.C.C deberían
servir para eso: para darnos cuenta de que el conocimiento nos pertenece a
nosotros. El gobierno es útil para poner semáforos y ordenar las calles, pero
no es el dueño de la verdad. Las leyes van y vienen todo el tiempo, cambian
según el año, pero tus ganas de aprender, tu curiosidad y lo que tú sabes es
real, se quedan contigo para siempre.
















