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Los autores que están escribiendo su propia Arequipa

Nuevas narrativas que no buscan igualarse a los gigantes de las letras

Por: Camila Riquelme (17)

En Arequipa nacer escritor es nacer en una biblioteca llena y ruidosa. Antes de preguntarte qué escribes, te recuerdan a Melgar y su yaraví. Después te nombran a Enrique López Albújar y sus cuentos andinos. Más adelante aparece Blanca Varela con su poesía que duele y César Atahualpa Rodríguez, «Hidalgo», con su voz popular. Y claro, siempre llegan Vargas Llosa y La ciudad y los perros. Cargar con esa tradición puede abrumar, pero también puede empujar; porque heredar no es copiar. Heredar es recibir la posta de gigantes y correr tu propia carrera. Y eso es justo lo que está haciendo una generación que ya no quiere ser el «nuevo» nadie: quiere ser el primero en contar su Arequipa.

Ser joven y escribir aquí es cargar con muchos apellidos. Entre todos ellos, el lector y el editor ya tienen una idea de cómo «debe» sonar un arequipeño. Por eso, cuando publicas un cuento sobre WhatsApp o un poema sobre el tráfico en la avenida Ejército, la primera pregunta es: «¿Y esto se parece a…?». Desde 2010 hay más libros locales, sí. Hay talleres y ferias, pero todos caen en la misma estantería: «Autores de la tierra de Vargas Llosa». Medir a los nuevos con la vara de los gigantes cansa, porque antes de leerte ya decidieron el tono, el tema y hasta el final.

Pero esa misma tradición también abrió la puerta. Gracias a ellos sabemos que se puede escribir desde el pueblo, desde el dolor, desde la ironía y desde lejos. Y con ese permiso, los jóvenes ya no cuentan la misma ciudad. En San Camilo, entre verduras y abarrotes, un señor de casi 60 años vende sus libros de cuentos en una mesa chica. Los imprime él, los engrapa él; lleva años escribiendo en las noches después del trabajo. Es apasionado y habla de sus personajes como si fueran hijos. Pero mucha gente pasa, pregunta el precio del tomate y sigue; nadie le presta atención. Aun así, vuelve cada sábado. Otros escriben del bus de las 6:00 a. m., de emigrar a Chile, de enamorarse por Instagram. Publican poesía en reels y hacen recitales en bares. No hablan del colegio militar de los 50: hablan del Misti con esmog, del mall, del cuarto alquilado. No están traicionando la tradición; la están actualizando.

Arequipa no necesita otro Nobel mañana; necesita cien voces distintas que digan «yo también soy de aquí».

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