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El día que una historia empezó a correr conmigo

El verdadero perdedor es el que nunca lo intenta.

Por: Valentina Peñaranda (13)

Hay personas que inspiran con discursos. Otras lo hacen con trofeos. Pero existen algunas que inspiran simplemente siendo ellas mismas. Así fue como conocí a Fabiana Magallanes, una deportista del colegio Alexander Fleming. Lo que comenzó como una entrevista terminó convirtiéndose en una conversación que me hizo recordar por qué sigo corriendo.

Mientras respondía cada pregunta, hablaba con una tranquilidad que solo tienen quienes aman lo que hacen. Me contó que todo empezó cuando era una niña y veía a los estudiantes mayores de su antiguo colegio ganar medallas. En ese momento nació un sueño: algún día quería estar donde ellos estaban.

Como todo deportista, también tuvo momentos difíciles. Ella misma reconoce que al principio no era de las mejores. Sin embargo, nunca dejó que eso definiera su camino. En lugar de rendirse, decidió entrenar más fuerte y creer en sí misma. Desde que comenzó en el atletismo, su mayor sueño ha sido convertirse en seleccionada nacional, y hoy sigue trabajando cada día para hacerlo realidad.

Ese esfuerzo ya se refleja en sus resultados. Hace poco aceptó un nuevo desafío: competir por primera vez en los 800 metros durante el Campeonato Nacional U23. Terminó en el quinto lugar de la competencia, pero consiguió convertirse en la número uno del ranking nacional U18 en esa prueba.

Ahora se prepara para un nuevo desafío, clasificatorio al Sudamericano.

Antes de terminar la entrevista, dejó un mensaje motivador para todos: «No necesitan convertirse en atletas de un día para otro. Lo importante es empezar a moverse. El deporte no solo te da salud, también te da disciplina, confianza, amistades y muchísimas oportunidades».

Mientras la escuchaba, no podía evitar pensar en mi propia historia. Practico atletismo desde los seis años. Mi abuelo, Héctor Llamoca, fue campeón sudamericano y fue quien sembró en mí el amor por este deporte. Pero hubo alguien más que, sin saberlo, también me impulsó a seguir: Fabiana.

Muchas veces, durante mis entrenamientos, la veía correr. Mientras yo intentaba mejorar mis tiempos, ella seguía entrenando con la misma entrega y disciplina. Quizá para ella era un entrenamiento más, pero para mí era una prueba de que los sueños no se cumplen de un día para otro; se construyen con esfuerzo, una y otra vez. Sin cruzar una sola palabra, ya me estaba enseñando una lección: nunca dejar de intentarlo. Porque las carreras más importantes no siempre se ganan al cruzar una meta. Algunas se ganan cuando tu historia se convierte en la fuerza que otra persona necesita para seguir adelante.

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