Estamos contribuyendo a la normalización del sufrimiento ajeno.
Por: Mirko Grandez (15)
Las luces de la Catedral se apagan, las familias van a sus casas, las tiendas se van cerrando y el último movimiento del día comienza a extinguirse lentamente. Para la mayoría de nosotros, la noche representa descanso. Significa volver a un lugar seguro, acostándose sabiendo que mañana será un nuevo día con oportunidades y quizás algo distinto a la rutina.
Como muchos de los que viven en esta ciudad, tenemos la fortuna de contar con una familia, un hogar y oportunidades. Probablemente mi mayor preocupación haya sido un examen, una competencia o las decisiones que tomaré en mi futuro. Son problemas reales, pero yo lo vivo desde un lugar privilegiado porque tengo la certeza de tener un techo donde dormir. Sin embargo, mientras nosotros cerramos nuestras puertas, otra realidad inicia.
A pocas cuadras de nuestra casa, en las mismas calles por las que pasamos diariamente, hay personas que viven en la incertidumbre. La noche del pobre es estar en una banca, una esquina o en una pared de sillar que no lo protege de los golpes constantes del viento. Su noche es mirar cómo el mundo pasa sin detenerse a mirarlo. Vive con hambre, sí, pero también con una espada en el corazón: el abandono, que no es la única pobreza y dolor que existe, sino un dolor invisible, la indiferencia del mundo.
Tengo la certeza de que absolutamente todos nosotros hemos llegado a pasar al lado de una persona en situación de calle y probablemente aceleramos el paso. Y aunque no lo reconozcamos, contribuimos a una realidad inquietante: la normalización del sufrimiento ajeno.
Nos hemos acostumbrado a ver personas durmiendo en las calles, a ver rostros cansados por las plazas, a que alguien nos extienda la mano en busca de ayuda y no reciba ni siquiera una mirada de compasión. Pero reducirlo a un acto de caridad sería un error; es una tijera que corta la venda de los ojos y nos obliga a ver aquello que normalmente pasa desapercibido.
Quizás ese sea uno de los problemas más grandes: cuanto más lejos está una realidad de nuestra vida, más fácil resulta fingir que no existe. Nos duele aquello que vemos, pero olvidamos lo que permanece fuera de nuestra mirada.
Mientras discutimos nuestros planes para el futuro, hay familias que aún se preguntan cómo enfrentarán el día siguiente. Mientras celebramos el crecimiento de la ciudad, existen personas para quienes el “desarrollo” nunca llegó. Hay niños que estudian con dificultades, hogares donde el agua sigue siendo un privilegio y personas que enfrentan enfermedades sin atención adecuada. Es imposible no preguntarse cómo una misma región puede contener realidades tan distintas.
Las autoridades tienen una responsabilidad evidente. Los gobiernos locales, regionales y nacionales cuentan con el deber de proteger a las poblaciones más vulnerables y generar oportunidades reales para quienes viven atrapados en el círculo de la pobreza. Existen programas sociales, esfuerzos institucionales y personas comprometidas con esta labor.
Sin embargo, cuando todavía encontramos personas durmiendo en las calles o comunidades enteras esperando condiciones dignas para vivir, la pregunta sigue siendo inevitable: ¿nosotros estamos haciendo lo suficiente? ¿O solo estamos esperando que nos vuelvan a vendar los ojos?
La indiferencia también tiene rostro, y muchas veces se parece al nuestro. Somos nosotros quienes aprendimos a seguir caminando sin observar el entorno. Somos nosotros quienes bajamos la cabeza para evitar una mirada ajena, quienes hemos convertido el sufrimiento de otros en parte del paisaje urbano.
Eso fue lo más duro que aprendí durante Compartiendo el Pan, una actividad impulsada por el colegio San José. Parece sencillo: estudiantes que van al centro a compartir un poco de su tiempo para ayudar a los necesitados. Pero no fue el frío de la noche arequipeña, el viento cortante golpeando las calles vacías, ver una banca convertida en cama o una vereda en refugio; lo más duro fue comprender que esas personas no estaban allí porque la sociedad no las hubiera visto, sino porque las había visto tantas veces que terminó acostumbrándose a su presencia.
Por eso Compartiendo el Pan no consiste únicamente en entregar un alimento. Consiste en devolver por un instante aquello que la pobreza suele arrebatar primero: el reconocimiento de la propia dignidad. El pan calma el hambre por unas horas, pero sentirse tratado como una persona puede alimentar la esperanza durante más tiempo.
Al regresar a casa entendí que la experiencia no pretendía cambiar únicamente la realidad de quienes recibían ayuda, también buscaba transformar la nuestra, porque la verdadera pregunta no es cuántas personas carecen de recursos, sino cuántas veces hemos pasado junto a ellas sin detenernos a reconocerlas como seres humanos.
Quizás la pobreza más peligrosa no sea la falta de dinero, la ausencia de un techo, ni siquiera el hambre; tal vez sea aquella que nos vuelve incapaces de conmovernos ante el dolor ajeno. Y si eso ocurre, entonces el pobre no es únicamente quien duerme en la calle bajo el viento helado de la noche; también es quien, teniendo todo para ayudar, ha perdido la capacidad de mirar al otro y reconocerlo como su igual.

















