Por: Alejandro Sulla (15)
El 2 de febrero de 2024, cerca de las 12:10, la región de Valparaíso, en Chile, sufrió uno de los incendios más graves de los últimos años. El fuego afectó principalmente a zonas como Viña del Mar, Quilpué y Villa Alemana. Muchas familias perdieron sus viviendas, varias personas fallecieron y también hubo un fuerte daño ambiental. Árboles, animales, suelos y espacios naturales fueron destruidos por las llamas. Desastres con fuego también han ocurrido en Arequipa, como cuando las faldas de nuestro volcán Misti ardieron.
Lo que más llamó la atención del caso de Valparaíso fue que, según la investigación de las autoridades, algunos de los presuntos responsables estaban relacionados con instituciones encargadas de prevenir y combatir incendios. Entre los investigados se mencionó a un bombero voluntario y a un ex brigadista vinculado a la CONAF, que es la Corporación Nacional Forestal de Chile.
Este hecho causó gran indignación porque resulta contradictorio que una persona que debía cuidar el ambiente y ayudar a la población haya sido investigada por presuntamente participar en un incendio. Por eso, este caso también debe ser considerado como un problema de responsabilidad, ética y confianza.
Los incendios forestales causan daños muy graves. No solo destruyen los árboles, sino que también afectan a los animales que viven en esos ambientes, contaminan el aire, dañan el suelo y ponen en peligro la salud y la vida de las personas. Cuando el fuego llega a zonas urbanas, la situación se vuelve todavía más peligrosa porque muchas familias pueden perder sus casas, sus pertenencias y hasta a sus seres queridos.
En este sentido, la educación ambiental desde la infancia es clave. Formar a los niños en el respeto y el cuidado de la naturaleza asegura que las futuras generaciones actúen con conciencia y responsabilidad. En los colegios, la figura del brigadista ecológico cumple un papel esencial: enseñar, motivar y guiar a los estudiantes para que comprendan que proteger el medio ambiente es proteger la vida. Así se construye una cultura de prevención y respeto que fortalece la confianza y garantiza un futuro más seguro para todos.
En nuestro colegio, la formación ambiental se refleja en el trabajo del brigadier ecológico, identificado con un gorro azul. Él ayuda a cuidar las áreas verdes, mantener la limpieza, reutilizar papeles y proteger a pequeños seres vivos. Además, los niños de primer y segundo grado cuidan una planta del salón, actividad que se realiza desde hace 20 años y fomenta la responsabilidad y el amor por la naturaleza. Así, el cuidado ambiental empieza con pequeñas acciones.















