Un pueblo que resuelve con sus propias manos lo que el presupuesto olvida.
Por: Joaquin Huamani (16)
¿Cómo es posible que las manos que alimentan sean las mismas que el Estado ha decidido condenar al olvido? En las zonas altoandinas, la supervivencia no depende de las promesas del Gobierno, sino de una asombrosa disciplina humana: “El arte de estirar el día”. Ver de cerca esta realidad es entender que, mientras la mala política les da la espalda, su capacidad de hacer milagros con casi nada despierta admiración y también nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros en este complejo mundo.
La primera gran sorpresa que nos llevamos de estos poblados fue ver cómo, siendo parte del motor agrícola esencial que alimenta a la nación, resultan ser castigados por la indiferencia gubernamental. Es un golpe de realidad constatar que el sustento de miles de familias pende de un hilo tan frágil: una helada imprevista o una sequía prolongada pueden borrar meses de sudor y capital sin que exista una red de seguridad institucional que los proteja.
Una delegación del colegio San José llegó a las comunidades aledañas a Chivay, como parte del programa Fuera de la Jaula.
Allí atestiguamos la precariedad del sistema de salud en la zona. Los puestos médicos locales son, en su mayoría, cascarones vacíos: infraestructuras debilitadas donde la falta de doctores, medicinas y equipos es la norma. Entre esto y horas de caminata para llegar al centro de atención más cercano, los comuneros enfrentan una verdadera odisea donde enfermarse se convierte en una amenaza directa para la vida.
Esta desatención no se limita a la salud; se extiende como una sombra sobre las aulas de las escuelas locales. Durante nuestro recorrido, fuimos testigos de cómo los niños desafían el frío extremo en salones de clase sin calefacción y con pizarras gastadas. La educación es un acto de heroísmo diario donde los maestros rurales multiplican los panes de la enseñanza con un compromiso que el Estado prefiere ignorar.
Sin embargo, frente a la ausencia de las autoridades, la comunidad responde con una organización admirable; y donde el Estado no llega con asfalto, los pobladores se unen en faenas colectivas para resolver sus necesidades, se sostienen comedores y comités que no dudan en dar una mano a quien lo necesite. No hay espacio para la queja cuando el invierno aprieta; lejos de las ciudades, la solidaridad comunitaria es el único escudo real contra el olvido.

















