Por: Danery Campano (16)
«Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito». Aunque la frase suele atribuirse a Aristóteles hace más de dos mil años, sigue planteando una pregunta vigente: ¿qué significa realmente ser excelentes?
Cuando se habla de la calidad de un colegio, muchas veces pensamos en notas, rankings o ingresos a la universidad. Y es cierto, los resultados importan. Después de todo, una institución educativa debe garantizar que sus estudiantes aprendan y desarrollen las competencias necesarias para su futuro. Sin embargo, recibir reconocimientos como la quinta estrella EFQM (European Foundation for Quality Management) invita a ampliar nuestra mirada. Porque la calidad educativa no solo se refleja en un promedio final.
Pongamos por ejemplo un colegio con excelentes resultados académicos, pero donde los estudiantes no respetan a los demás, no practican valores o no son capaces de convivir con empatía. ¿Podríamos hablar realmente de una educación de calidad? Sinceramente no. La palabra «educación» implica mucho más que transmitir conocimientos; también significa formar personas.
Precisamente por eso, la acreditación EFQM evalúa aspectos que van más allá de las calificaciones, como el liderazgo, la innovación, el bienestar de la comunidad educativa y la capacidad de mejorar constantemente. Este modelo, creado en Europa en 1988 y utilizado por miles de organizaciones en el mundo, busca medir no solo lo que una institución logra, sino también la manera en que lo hace.
La quinta estrella representa, sin duda, un motivo de orgullo para toda la comunidad arequipeña de los Sagrados Corazones. Pero su mayor valor sea recordarnos que la excelencia no se encuentra únicamente en los resultados visibles, que tantas veces es lo único en lo que las estudiantes se autoevalúan, sino también en aquello que se construye cada día y en los valores que dan verdadero sentido a la educación para mejorar paulatinamente.















