Preguntar no es desconfiar; es la forma en que cuidamos lo que es de todos.
Por: Keyler Bayton (14)
A veces pensamos que la transparencia monetaria es un tema de adultos, de ministerios y de cifras que no nos tocan, pero muchos casos nos demuestran que no, como el de Petroperú, la petrolera del Estado que hoy arrastra una deuda cercana a los ocho mil millones de dólares.
Todo comenzó con una promesa: la refinería de Talara que modernizará la energía del país. Se presupuestó en mil trescientos millones de dólares, pero terminó costando más de seis mil millones tras años de retrasos, y hoy funciona muy por debajo de su capacidad real.
Asimismo, esta situación nos afecta en gran medida a todos. Al no haber suficiente combustible de proveniencia nacional, dependemos demasiado de petroleras internacionales, haciéndonos propensos a ser alcanzados por conflictos externos, con subidas de precio y conflictos por el transporte terrestre.
Por otro lado, lo que más nos haría reflexionar no es la cifra, sino la actitud detrás de ella: durante mucho tiempo se usó la frase «soberanía energética» para no responder preguntas incómodas, como ¿en qué se gastó el dinero? o ¿quién decidió y por qué nadie lo cuestionó a tiempo?
Ahí está la lección que nos llevamos: no basta con confiar, hay que preguntar. Pedir cuentas no es desconfiar de nuestras instituciones, es cuidarlas; un país, al igual que un equipo o un salón de clase, funciona mejor cuando todos se sienten con derecho a preguntar «¿por qué?» sin miedo.
Como estudiantes, todavía no manejamos presupuestos ni firmamos decretos, pero sí podemos empezar a construir esa costumbre: revisar antes de aceptar, informarnos antes de opinar y entender que la responsabilidad ciudadana también se entrena, como un deporte o un instrumento.
Si aprendemos hoy a hacer las preguntas correctas, mañana seremos nosotros quienes construyamos un país donde las cuentas se rindan sin que nadie tenga que exigir.

















