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El honor y el orgullo por representar lo que amamos es incalculable

El último Pabellón; crónica de un abanderado colmado de civismo.

Por: Arturo Paz Curasi (16)

Recuerdo que no dormí bien la noche anterior. En la oscuridad, repasaba el brazo, la postura y la posición del asta, como si mi cuerpo necesitara convencerse de que estaba listo.

Llegó el día esperado. Eran las 8:30 de la mañana del 12 de julio de 2026 cuando la avenida Independencia tembló bajo el paso de treinta y seis colegios. El cielo limpio de la blanca ciudad brillaba, yo iba al frente de mi escolta, con el Pabellón Nacional firme en mis manos y el sudor frío bajando por mi espalda antes del primer tambor.

Soy abanderado de la Institución Educativa San Juan Bautista de La Salle, el colegio de Umacollo que en 2027 cumplirá cien años, y ese día caminé sabiendo que cada paso valía doble: por el peso del símbolo y por el de una despedida sin regreso. El público se apretaba tras las vallas, yo sentía sus ojos sobre la tela y, por un instante, sentí que la patria avanzaba sobre el asfalto.

Antes de salir, un compañero de mi propia escolta puso la mano sobre mi hombro y no dijo nada; realmente no hacía falta. Meses de ensayos bajo el inclemente sol arequipeño nos habían enseñado a hablar así: corrigiendo el mismo movimiento cientos de veces hasta que saliera limpio, cuidándonos cuando alguien dudaba y sosteniéndonos cuando el cansancio pesaba más de la cuenta.

La pancarta, la banda, los docentes que nunca se fueron temprano a casa, mi escolta, el escoltín, el estado mayor, la sección de gallardetes y el batallón entero lo dimos todo ese día. Y, en algún punto de aquella multitud, supe que mi familia me buscaba con la mirada.

En primaria arrasamos: 250 puntos, la nota más alta. El pecho se me hinchó de júbilo. Pero en secundaria, ante el jurado, la historia fue distinta. Desfilamos con la disciplina de quien no se permite un error y con la certeza de que aquel paso no era solo mío, sino nuestro; sin embargo, nos superaron, el primer puesto fue para la Institución Educativa Independencia Americana, que se llevó el oro que tanto soñamos; el mismo colegio que celebrará su bicentenario cuando nosotros cumplamos cien. Ahí, aún con el asta firme entre las manos, sentí el pecho roto. Lloré sin vergüenza, con la vista al frente, porque un abanderado no baja la cabeza ni cuando está quebrado.

En ese momento me permití sentirlo todo: la rabia, la tristeza y, de forma extraña, también el orgullo. No lloraba solo por el resultado; lloraba porque comprendí que aquella era mi última vez con esa bandera y porque descubrí cuánto quería realmente a mi colegio.

Dos días después, el 14 de julio, nos dieron el día libre como reconocimiento al esfuerzo. Aun así, quienes habíamos desfilado no descansamos: nos levantamos temprano para ensayar y presentarnos en el concurso de la Policía Escolar, con el cuerpo cansado, pero con las ganas intactas. Nadie nos obligó. Aun así, volvimos, porque algo dentro de nosotros decía que no podíamos detenernos justo ahí.

Semanas más tarde, el mar de Mollendo me recibió con su brisa salina, lejos ya del ruido de la avenida. En el malecón de Islay volví a izar la misma bandera, esta vez sin jurado ni marcador, solo por el gusto de sentirla entre las manos, como cuando todo esto empezó.

El rumor de las olas se mezcló entonces con los tambores de julio. En ese momento entendí algo que el resultado no me había dejado ver: lo hecho con amor, a pesar de todo, siempre termina ganando de alguna manera.

No conseguimos el primer puesto, pero recuperamos el derecho a sentirnos un gran colegio frente a toda la ciudad. Yo me quedo con la tranquila certeza de haber entregado, hasta el último paso, todo lo que tenía.

Otros brazos más jóvenes sostendrán este Pabellón de ahora en adelante. Ya no estaré dentro de la escolta, pero gritaré desde afuera, como exalumno, con el corazón al mismo compás de siempre, por mi querida alma máter.

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