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La tierra sigue temblando y La Salle siempre estará apoyando

Una tragedia que exige empatía, aunque aquí estemos de fiesta.

Por: Kevin Villena (16), Alessandro Urday (15) y Josue Sucapuca (16)

En agosto, la avenida Independencia tiembla, la fiesta huele a adobo, retumban las matracas rumbo a la Plaza de Armas y la chicha de jora corre en vasos de vidrio grueso: son los 486 años de Arequipa.

Pero basta cruzar el portón de las comunidades de La Salle y llegar a la capilla para que el ruido de la calle se apague. Ahí el tiempo se mide en réplicas, no en corsos. A más de 3000 kilómetros al norte, en Venezuela, la tierra sigue temblando desde el 24 de junio, cuando dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 separados por apenas 39 segundos sacudieron varias ciudades. Las cifras oficiales superan ya los 6300 muertos; los colectivos civiles de rastreo contaban, a inicios de agosto, más de 41 000 personas sin ubicar. Los números crecen cada semana, y con ellos la certeza de que nadie en el mundo lasallista puede seguir de espaldas a Caracas y La Guaira.

El hermano Armin Luistro, Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, envió a la red mundial un mensaje de cercanía y pidió oración y acompañamiento activo. Desde la zona cero, el hermano Hernán describió la tensión sin adornos: aulas convertidas en centros de acopio, filas por agua y medicinas, y el temor de una réplica más mientras aún se rescata a personas atrapadas entre los escombros.

El contraste desgarra. En Arequipa sobra la comida en las picanterías; en Venezuela, los colegios de La Salle son refugios.

Aquí es donde el «orgullo lasallista» deja de ser una frase bordada en un lábaro y se convierte en una prueba real. Llevar el escudo de San Juan Bautista de La Salle no sirve de nada si el corazón no se arruga ante el dolor ajeno.

Entre cohetones y serenatas, los lasallistas de Arequipa viven una tensión silenciosa entre el orgullo por su tierra y la inquietud por su gente. Porque la verdadera empatía no espera un comunicado oficial para doler: entiende que, mientras la tierra sigue temblando en Caracas, desde Arequipa hay una obligación mínima: apoyar, rezar, no mirar para otro lado.

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